En esta vorágine informativa en la que prevalecen las deudas soberanas y
los gobiernos tecnocráticos por encima de muchas otras informaciones,
merece hacer un análisis detallado, o al menos intentarlo, de lo que
está ocurriendo en el mundo, y más concretamente, en Europa. A nadie se
le escapa ya que Europa, o lo que queda de ella, es una construcción
económica, basada en la creación de un espacio para el desarrollo pleno
(en su máxima concepción liberal) del libre mercado. Mercado, que por
otro lado, nunca será libre, ni tendrá lugar en condiciones perfectas
de desarrollo -desde el punto de vista liberal-, básicamente porque
esas condiciones perfectas del mercado son utópicas e imposibles en
cualquier tipo de sociedad. No hay debajo del esqueleto sobre el que se
ha construido Europa nada que mantenga una identidad común por encima
de la propia identidad creada a raíz de la firma del Tratado de
Maastricht. Dicho de otra forma: el mercado es la identidad de Europa, y
por tanto, la única identidad que mantiene cohesionado el crisol de
los pueblos de Europa es pura y llanamente el capitalismo. Si tomamos
como plausible esta reflexión, no sería difícil inferir que la crisis
que azota la economía europea está dilapidando el único elemento común
de esa identidad europea y que alimenta la huída de Europa, el
crecimiento de la desafección hacia ésta, y sobre todo, la visión que
tiene una gran mayoría de los ciudadanos de que Europa es el problema. Y
cabe decir que no se equivocan: como todo el proceso de construcción
del espacio común se ha realizado sobre un solo elemento
"cohesionador", la economía, si esta entra en crisis, en crisis se
encuentra todo lo demás que la rodea, la alimenta o la sustenta.
Ese
es el escenario de la Europa post-moderna. A los viejos empresarios,
les van mal sus negocios y las propuestas para mantener a flote esas
empresas y multinacionales hundidas ponen el acento en solo tres
elementos: dinero público para los bancos, es decir, el dinero
recaudado de las rentas del trabajo, de nuestro esfuerzo, que sirva para
mantener su estatus; reducción de salarios y aumento de las jornadas
laborales y, por último, aumento de los impuestos, a través de la
llamada reforma fiscal. Podrían aceptarse estas soluciones si la Europa
construida por nuestros líderes fuera distinta, es decir, si no fuera
la Europa de la economía y del mercado, si fuera en cambio la Europa de
los derechos, de la igualdad, de la justicia social y la solidaridad.
Podríamos, seguramente, aceptar ciertos sacrificios si nuestros
derechos, por ejemplo, los de los españoles, fueran los mismos que los
derechos de los alemanes, franceses o suecos. ¿Pero qué tipo sociedad
se han dedicado a construir los políticos y líderes de Europa? No han
observado ni un momento a los ciudadanos europeos, ni siquiera para
saber qué pensábamos de todo esto, ni las desigualdades,
particularidades, derechos o necesidades de los distintos pueblos de
Europa. La economía ha escapado de la política y ahora que tiene su
propia agenda, quien toma las decisiones lo hace para calmar a los
mercados, darles confianza, ser fieles y mansos con sus decisiones. Es,
la nuestra, una democracia para acatar órdenes. Cuando se habla de
derechos de las personas derechos sociales, medio ambiente,
sostenibilidad, ciudadanía, democracia o política en mayúsculas, no es
el momento, es tiempo solo de economía. Y lo más sorprendente es
observar como esa idea es aceptada tan acríticamente. Pero esa economía,
que debía servir para mantener el Estado Social, sirve para movilizar
el capital y sus beneficios en un mundo global, sin responsabilidades
ni obligaciones. Es el diálogo de los sordos en la cúspide de la torre
de Babel. El círculo vicioso que gira en torno a la economía y que
secuestra cualquier capacidad crítica y de la razón. Podemos volvernos
locos en ese bucle en el que hemos entrado, o salir de él, volviendo a
tomar el control perdido. A la economía no hay que calmarla o darle
confianza, ni adularla, ni convencerla. La economía hay que
disciplinarla, someterla a controles y a normas: en una palabra
gestionarla. La economía es un instrumento de la civilización que debe
servir para el desarrollo, como así se ha entendido históricamente: el
pacto que dio origen a los Estados Sociales, después de la II Guerra
Mundial y de los fascismos, permitió un nivel de desarrollo tal que el
capital aceptó el reparto de parte de sus ganancias a cambio de una
cierta paz social, invirtiendo esa plusvalía en derechos sociales para
los trabajadores, las familias y las personas. Pero ese pacto, según
los acontecimientos recientes, al parecer se ha roto. O se da por
acabado. Porque durante el tiempo que se mantuvo esa paz, el sujeto de
los mercados, o sea las empresas, crearon las circunstancias necesarias
e imprescindibles para huir de cualquier control político, y en caso
de crisis, poder imponer sus propias condiciones. Esta crisis es
grande, sí. Inmensa. Tan enorme como la misma globalización. Tan
descomunal que quizás uno espera que las soluciones sean igual de
grandes. Pero no es así. La solución es tan sencilla como retomar el
control. Devolver la economía al poder político y democrático.
Recuperar la economía como instrumento del progreso y de las garantías,
y sí, por qué no, intervenir en ella de forma directa. No podemos
secuestrar por más tiempo los derechos de los ciudadanos, y permitir
que éstos dependan de cómo les haya ido a los fondos de inversión, a
las bolsas o a los mercados la semana anterior. Hay que actuar y
cambiar el modelo. Si el Estado social funcionó ¿por qué no retomarlo?
Solo un apunte más, nuestras constituciones son las constituciones de
ese modelo social y garantista, vean sino el artículo primero de la
Constitución Española, y díganme: ¿Cuál es el problema? Que se cumpla.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada