martes 3 de enero de 2012

La economía de los derechos o los derechos de la economía

Publicado en el diario Información 29.12.2011.


En esta vorágine informativa en la que prevalecen las deudas soberanas y los gobiernos tecnocráticos por encima de muchas otras informaciones, merece hacer un análisis detallado, o al menos intentarlo, de lo que está ocurriendo en el mundo, y más concretamente, en Europa. A nadie se le escapa ya que Europa, o lo que queda de ella, es una construcción económica, basada en la creación de un espacio para el desarrollo pleno (en su máxima concepción liberal) del libre mercado. Mercado, que por otro lado, nunca será libre, ni tendrá lugar en condiciones perfectas de desarrollo -desde el punto de vista liberal-, básicamente porque esas condiciones perfectas del mercado son utópicas e imposibles en cualquier tipo de sociedad. No hay debajo del esqueleto sobre el que se ha construido Europa nada que mantenga una identidad común por encima de la propia identidad creada a raíz de la firma del Tratado de Maastricht. Dicho de otra forma: el mercado es la identidad de Europa, y por tanto, la única identidad que mantiene cohesionado el crisol de los pueblos de Europa es pura y llanamente el capitalismo. Si tomamos como plausible esta reflexión, no sería difícil inferir que la crisis que azota la economía europea está dilapidando el único elemento común de esa identidad europea y que alimenta la huída de Europa, el crecimiento de la desafección hacia ésta, y sobre todo, la visión que tiene una gran mayoría de los ciudadanos de que Europa es el problema. Y cabe decir que no se equivocan: como todo el proceso de construcción del espacio común se ha realizado sobre un solo elemento "cohesionador", la economía, si esta entra en crisis, en crisis se encuentra todo lo demás que la rodea, la alimenta o la sustenta.



Ese es el escenario de la Europa post-moderna. A los viejos empresarios, les van mal sus negocios y las propuestas para mantener a flote esas empresas y multinacionales hundidas ponen el acento en solo tres elementos: dinero público para los bancos, es decir, el dinero recaudado de las rentas del trabajo, de nuestro esfuerzo, que sirva para mantener su estatus; reducción de salarios y aumento de las jornadas laborales y, por último, aumento de los impuestos, a través de la llamada reforma fiscal. Podrían aceptarse estas soluciones si la Europa construida por nuestros líderes fuera distinta, es decir, si no fuera la Europa de la economía y del mercado, si fuera en cambio la Europa de los derechos, de la igualdad, de la justicia social y la solidaridad. Podríamos, seguramente, aceptar ciertos sacrificios si nuestros derechos, por ejemplo, los de los españoles, fueran los mismos que los derechos de los alemanes, franceses o suecos. ¿Pero qué tipo sociedad se han dedicado a construir los políticos y líderes de Europa? No han observado ni un momento a los ciudadanos europeos, ni siquiera para saber qué pensábamos de todo esto, ni las desigualdades, particularidades, derechos o necesidades de los distintos pueblos de Europa. La economía ha escapado de la política y ahora que tiene su propia agenda, quien toma las decisiones lo hace para calmar a los mercados, darles confianza, ser fieles y mansos con sus decisiones. Es, la nuestra, una democracia para acatar órdenes. Cuando se habla de derechos de las personas derechos sociales, medio ambiente, sostenibilidad, ciudadanía, democracia o política en mayúsculas, no es el momento, es tiempo solo de economía. Y lo más sorprendente es observar como esa idea es aceptada tan acríticamente. Pero esa economía, que debía servir para mantener el Estado Social, sirve para movilizar el capital y sus beneficios en un mundo global, sin responsabilidades ni obligaciones. Es el diálogo de los sordos en la cúspide de la torre de Babel. El círculo vicioso que gira en torno a la economía y que secuestra cualquier capacidad crítica y de la razón. Podemos volvernos locos en ese bucle en el que hemos entrado, o salir de él, volviendo a tomar el control perdido. A la economía no hay que calmarla o darle confianza, ni adularla, ni convencerla. La economía hay que disciplinarla, someterla a controles y a normas: en una palabra gestionarla. La economía es un instrumento de la civilización que debe servir para el desarrollo, como así se ha entendido históricamente: el pacto que dio origen a los Estados Sociales, después de la II Guerra Mundial y de los fascismos, permitió un nivel de desarrollo tal que el capital aceptó el reparto de parte de sus ganancias a cambio de una cierta paz social, invirtiendo esa plusvalía en derechos sociales para los trabajadores, las familias y las personas. Pero ese pacto, según los acontecimientos recientes, al parecer se ha roto. O se da por acabado. Porque durante el tiempo que se mantuvo esa paz, el sujeto de los mercados, o sea las empresas, crearon las circunstancias necesarias e imprescindibles para huir de cualquier control político, y en caso de crisis, poder imponer sus propias condiciones. Esta crisis es grande, sí. Inmensa. Tan enorme como la misma globalización. Tan descomunal que quizás uno espera que las soluciones sean igual de grandes. Pero no es así. La solución es tan sencilla como retomar el control. Devolver la economía al poder político y democrático. Recuperar la economía como instrumento del progreso y de las garantías, y sí, por qué no, intervenir en ella de forma directa. No podemos secuestrar por más tiempo los derechos de los ciudadanos, y permitir que éstos dependan de cómo les haya ido a los fondos de inversión, a las bolsas o a los mercados la semana anterior. Hay que actuar y cambiar el modelo. Si el Estado social funcionó ¿por qué no retomarlo? Solo un apunte más, nuestras constituciones son las constituciones de ese modelo social y garantista, vean sino el artículo primero de la Constitución Española, y díganme: ¿Cuál es el problema? Que se cumpla.

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